Los abogados y los despachos de abogados nos aferramos, como el Almirante Anderson, a los manuales antiguos, a la tradición a la hora de prestar nuestros servicios. Revestimos nuestra profesión, si se me permite exagerar y ser algo crítico, de una especie de “sacrosancta” liturgia creando un pseudo-orden sacerdotal que nos pone como objeto de la prestación de servicios. Tenemos la inveterada costumbre de creer que nuestro saber jurídico es el foco principal de nuestro servicio.
